Por:  Marco Moreno, Director escuela de Gobierno y Comunicaciones, UCEN

El duro e inesperado revés que sufrió el Presidente y su gobierno en el Tribunal Constitucional dejó entrever varias consecuencias. La más importante es que en los próximos 10 meses el mandatario estará gobernando el vacío.

Varias son las razones que explican el vaciamiento de la autoridad presidencial. Por una parte, la inanición de una administración que carece de fuerza. La Moneda hace tiempo perdió el control de la agenda. Salvo el breve éxito del proceso de vacunación no ha tenido capacidad para colocar temas o impulsar cambios.

A la fatiga gubernamental se suma la desafección de la coalición gobernante con el Presidente. La decisión de promulgar el proyecto de tercer retiro del Congreso tras la derrota en el TC fue gatillada desde los partidos del oficialismo. Piñera se allano tras constatar que no tenía piso político en su sector para insistir a través de un veto aditivo. A diferencia de la crisis del 18-O, esta vez sus partidos aliados lo dejaron solo. Los candidatos presidenciales de su sector lo harán más temprano que tarde. Nadie querrá ser su heredero. Este proceso se viene acentuando hace tiempo provocando la desconexión del mandatario de su base de apoyo política. El temor en el oficialismo es que el rechazo hacia el Presidente se exprese en un voto de castigo en las próximas contiendas electorales. 

Las instituciones también están vaciadas de la actual autoridad presidencial. La tensión entre el Ejecutivo y el Congreso comenzó tempranamente. A su turno otras como la Contraloría General de la República, el Ministerio Público y ahora el Tribunal Constitucional han sostenido diferencias de forma y fondo en su relación con el Ejecutivo. El inesperado fallo del TC dejó a Piñera sin uno de sus últimos refugios.

A lo anterior, se suma la falta de un mito de gobierno por ausencia de proyecto político —que perdió el 18-O— y desgaste del elenco de ministros. Ambos factores unidos al déficit estratégico han afectado severamente la capacidad de gobierno. Al no existir mandato claro ni empoderamiento presidencial los ministros quedan presos de la inmediatez e improvisación en la gestión gubernamental. El equipo político —que más cambios ha experimentado— ha resentido especialmente el hiperliderazgo de Presidente, su excesivo foco en el corto plazo y en el juego táctico y sobre todo especulativo. 

Por último, y de manera evidente debemos señalar el desacople con la ciudadanía. Su gestión ha estado signada por los bajos niveles de aprobación medidos por la opinión pública encuestada. Son los más bajos obtenidos por una autoridad presidencial desde el retorno a la democracia. La desaprobación es resultado también de la irritación que genera la figura presidencial. El incremento de la polarización afectiva es un síntoma que debemos analizar para intentar explicar el estado de la opinión pública sobre el Presidente Piñera. 

El Presidente ya no tiene poder. Se resiste a quedar relegado solo a la función de jefe de Estado entregando la facultad de gobierno. Esto por cierto no tiene que ver solo con las disputas políticas, el intenso ciclo electoral o las asechanzas a la gobernabilidad, sino con el vaciamiento de la autoridad presidencial.

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