En estas páginas, del Diario El Informador, pudimos disfrutar y enriquecernos con sus crónicas de historias, de personajes, de hechos relevantes de Nueva Imperial y de su gente. Paradójicamente, en estas mismas páginas nos toca dar una despedida a un hombre amable, generoso con sus saberes y conocimientos, siempre dispuesto a conversar, en nuestra oficina, en plaza o en las calles, en las mismas que tanto le gustaba recorrer.

Su colega de Lautaro dijo “Se llama Juan Toledo Bahamondes, es imperialino de tomo y lomo, de trato amable, conocíamos de su existencia y sus cualidades como historiador local”. Desde estas líneas expresamos nuestro agradecimiento por su constante ánimo; sabía muy bien la ardua tarea de editar cada día El Informador.

Expresamos nuestras condolencias a su familia y estaremos por siempre agradecidos. Recordamos prístinamente el día que nos acercamos a su domicilio hace más de 16 años a pedir su colaboración para publicar sus crónicas, y sin conocernos, de inmediato se puso a disposición. Desde ese momento cada semana llegaba con sus artículos y a retirar sus ejemplares que los coleccionaba y atesoraba como parte de su valiosa biblioteca.

Hemos creído que es el momento oportuno de reeditar una entrevista publicada hace ya algún tiempo.

Entrevista a Juan Toledo Bahamondes, Escritor y Cronista de

Nueva Imperial: «La historia de los pueblos la construyen las personas»

Juan Toledo Bahamondes, quizás, uno de los escritores de Nueva Imperial que más ha escrito y recopilado sobre la historia de nuestra comuna. Fue poseedor de una memoria privilegiada. A través de sus letras plasmó innumerables historias de vida, porque, como él nos asegura: “la historia de los pueblos la construyen los hombres”.

Su biblioteca no dejó de sorprender a quienes la conocieron, en ella no solo encontramos a clásicos de la literatura universal, nacional y local, abundan también libros de historia. Pero aún más, encontramos textos empastados y escritos por él mismo: enciclopedias, manuales, crónicas, cuentos, relatos y poesía. 

Nos sorprende además saber que Toledo Bahamondes no se consideró a si mismo un escritor, sino más bien, un recopilador. Este oficio que durante años realizó, sin duda lo convierten en uno de los personajes más relevantes de Nueva Imperial en nuestros días, por su extenso legado en la historia de la comuna.

 

Usted declaró hace unos días que octubre es el mes donde su madre lo trajo a “este Valle de lágrimas”. También es el mes donde usted contrae matrimonio. ¿Qué representa octubre en la vida de Juan Toledo Bahamondes?

 Como decía, yo nací el mes de octubre. Y por casualidad nací en un lugar que ni siquiera es un pueblo. Yo nací en el paradero Prat de Temuco, en la estación del paradero específicamente. Ibamos a tomar el tren, y bueno, mi madre debe haberse olvidado del tiempo, y quedó más tiempo del debido donde una amiga donde ella se iba a atender. Entonces cuando veníamos de regreso se sintió mal. Felizmente había un militar de guardia, pues en ese tiempo estaba el regimiento ahí mismo. Entonces él llamó al regimiento y de ahí fueron a buscar a mi mamá, la atendieron en el mismo vehículo del regimiento, la llevaron a la Clínica Temuco, que se encontraba en calle San Martín en ese entonces. Bueno, yo nací en el viaje. Al llegar al hospital, mi mamá fue atendida por la doctora Elizabeth Castro. Y luego de diez días nos vinimos al pueblo.

Lo otro, es que me casé en este mes, el 6 de octubre de 1976, con la que es mi esposa actualmente, y con quien tenemos 4 hijos. Una vida de la cual no podemos quejarnos. Además en este mes es el cumpleaños de mi suegra, con la que tenemos muy buena relación. Entonces también es algo que me llena de emoción. Por eso estoy agradecido a Dios de que he tenido todas estas cosas, y todo ha sido en el mes de octubre, el mes de la primavera. 

 

¿Qué recuerdos tiene de su infancia hasta el día de hoy?

De mis primeros años, la frutería de mi abuela. Había toda clase de frutas. También la lectura, los libros. El primer libro que tuve en mi biblioteca fue “Genoveva de Brabante”, que me lo regaló mi abuela. Y después vivieron los libros de Magdalena Petit, Pablo Neruda, Pablo de Rokha. De todos ellos aprendí algo. Los otros recuerdos provienen de mi primer profesor, Hernán Saavedra, mi mentor en cuanto a las letras. Él me hizo clases en la Escuela Superior Nº1 de Nueva Imperial. 

Cuando paseaba por el pueblo, por las calles, sabíamos qué negocio había por el olor que salía. Por ejemplo, en una frutería estaba el olor de los plátanos, de las manzanas. Todas las frutas tenían un aroma, ahora es muy dificil de encontrar. Igual que las panaderías, el olor del pan calentito. Habían lugares donde vendían cereales. Todos estos elementos se iban encontrando a medida que uno iba caminando por el pueblo, lleno de calles de tierra, salvo las calles centrales que eran de cemento. A pesar que Nueva Imperial fue uno de los pueblos que se encementó primero. 

 

Para muchos escritores la adolescencia es una época clave, en la medida que descubren y potencian sus intereses artísticos. ¿De qué manera esta época influyó en su condición de escritor?

Bueno, tocó que en esa época visitaban constantemente Nueva Imperial algunos escritores, como Daniel de la Vega, Pablo de Rokha, Pablo Neruda. No sé por qué razón llegaban siempre a la casa de mi papá, osea, a su taller. Mi papá tenía un taller de zapatería, y constantemente llegaban a visitarlos. Entonces tenía la suerte de escucharlos, y con algunos conversar con ellos. En muchas oportunidades pude compartir con Pablo Neruda una oncesita. Y con Pablo de Rokha compartimos un almuerzo. Pablo de Rokha llegó un día a la casa a ofrecerle sus libros a mi papá, y llegó justo como a las 11:30, nosotros almorzábamos a las 12 en ese tiempo. Estaban conversando con Pablo en el taller, y llegó mi hermana a decirle que el almuerzo estaba servido. Mi papá le dijo “Compañero, vamos a almorzar”. Y él le dijo “con mucho gusto”. Aparentemente venía de viaje muchos días y tendría ganas de comer. Entonces, nos dirigimos a la casa, y cuando llegamos allá, mi mamá estaba asustada porque no había hecho almuerzo, más bien tenía una comida rápida. Había  preparado lo que se llamaba antiguamente el “pavo de harina”, ese que se hacía a la sartén. Había hecho eso y un caldito de papa, esos caldos que se hacían para acompañar y que se comían con pan. Así que imagínense el susto de ella al llevar un invitado, y más una persona que no conocía. Mi mamá muy amable lo hizo pasar, trajo el pan de casa, y sirvió el pavito. Y este señor, mira a mi mamá, y le dice: “Señora, usted me quiere matar”. Y mi mamá lo queda mirando y le dice “¿pero qué pasa?”, y de Rokha le responde: “Es que esto es lo que me preparaba mi mamita, y hacían años que no me servía esto”. Se sirvió la comida con el caldito, y luego él empezó a hablarnos de las comidas de sus tiempos, a conversarnos de su experiencia, y a hablarnos de sus libros. Ese día mi papá le compró dos libros, que desgraciadamente no están en este momento en mi casa, desaparecieron. Bueno, después cada vez que salía Pablo de Rokha en el diario, nos acordábamos de la comida.  

 

¿Qué elementos y actividades acompañan su vida diaria?

Ahora solamente las actividades de recopilación, archivo de mis materiales, y hacer algunas crónicas para publicarlas. También mi actividad de bombero, y como integrante del círculo de escritores. 

 

Usted me decía que no se consideraba un escritor.

No. Yo no soy escritor, soy solamente un recopilador. Un cronista.

 

Siente que de alguna manera este oficio lo vuelve un escritor?

No. Porque para ser escritor hay que tener una capacidad mayor, hay que disponer de algunas capacidades que yo no las tengo. Un escritor es una persona que es capaz de escribir una obra con facilidad, y entregar algo que guste a los demás. 

 

Cómo es su oficio diariamente, escribe a máquina, computador?

A mano. Es muy raro que escriba en un computador porque no se manejarlo muy bien, eso es lo primero. La tecnología me dejó “pillo”. Entonces solamente ordeno mis archivos a mano, voy corrigiendo, tratando de guardar el conocimiento. 

 

¿Cómo define su vínculo con la historia de Nueva Imperial?

Creo que la segunda mitad del siglo XX viví como integrante del pueblo, parte de la historia. Porque la historia de los pueblos la hacen las personas. Todos los que participamos de esto estamos haciendo la historia, y por tanto yo me considero como uno de los protagonistas de la historia de Nueva Imperial, de la segunda mitad del siglo.

 

¿Cuál es la importancia de las historias de vida en la construcción de la memoria histórica? Elemento frecuente en sus crónicas y relatos.

El conocimiento de las personas y de su actuación dentro de las instituciones forman una comunidad. La importancia está en conocer a las personas, en poder contar lo que esas personas han realizado dentro del caminar por la vida de la ciudad. Como decía, las personas son las que hacen la historia. Sin las personas no tendríamos historia

 

¿Cuál es la importancia de las bibliotecas en la construcción de nuestra memoria? No solo las bibliotecas municipales, sino también las particulares.

La bibliotecas conservan la producción literaria, y por ende representan la capacidad y el conocimiento que tuvieron algunas personas para poder guardar en ellas el paso por los pueblos. Entonces, es de gran importancia que las bibliotecas se mantengan, y es más importante que se acuda a ellas. Ahora, las bibliotecas particulares juegan un papel muy reservado, por ejemplo, si yo tengo una biblioteca va a ser a mi gusto, y la voy a compartir con mi núcleo familiar. 

Aquí en Imperial, la primera biblioteca fué de don José Tomás Muñoz, que fue después parte de la biblioteca del Liceo (actualmente Liceo Luís González Vásquez). La otra biblioteca grande que hubo era la de don Herman Pérez, la cual tenía alrededor de 5.000 mil libros. Él fue profesor del liceo muchos años. La otra gran biblioteca la tenía don Sandalio Poblete, uno de los fundadores del liceo. Hubo varias bibliotecas grandes acá, pero eran muy limitado el acceso a ellas, salvo la de don Herman que estaba disponible para los alumnos del liceo. La última gran biblioteca que hubo en Nueva Imperial, fue la del Padre Florencio en la casa parroquial. Una biblioteca de filosofía muy buena, a la cual llegaban muchos estudiantes de la universidad.

 

 

Usted alcanzó a vivir lo años en que Nueva Imperial era una comuna importante en la economía de La Araucanía, especialmente en el trigo ¿alcanzó a ver ese proceso?

Bueno, Nueva Imperial tenía el Molino Bunster, o Molino el Globo, que fue el primer molino que hubo en la comuna, el cual estaba a orillas del río, frente al gimnasio. Ese molino tenía la particularidad de que compraba los productos, pagaba en dinero, porque tenía el banco ahí mismo (Banco Bunster). Enconces ellos pagaban con vales y el banco les entregaba el dinero. Y podían depositarlo ahí mismo. También podían hacer depósitos de trigo, y usted podía estar todo el año sacando harina. El molino Bunster fue el primero que dió la iluminación a las calles de Nueva Imperial.  Estas y otras cosas demostraron que Nueva Imperial era la elite, porque había harto comercio.

 

Para una persona que registra constantemente el pasado, como es observar el presente en la comuna?

Nueva Imperial es como una historia al revés. Con harto progreso, y que va disminuyendo día a día. Si bien es cierto, tenemos todas las calles pavimentadas, tenemos harta población, no tenemos el comercio activo. Un par de supermercados, unos negocios chicos en algunos lugares, pero no tenemos el movimiento económico que había antes. Yo veo un pueblo que se va transformando en dormitorio. Es posible que eso se deba a la centralización, como también el bajo interés de manejar la economía del lugar. 

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