Monseñor Óscar Blanco Martínez, obispo de Calama: “Es el tiempo de recuperar la Iglesia de los pobres”

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El 2016 fue un año que rompió los esquemas para el entonces sacerdote Óscar Blanco Martínez (53).  Llevaba una vida personal y pastoral sencilla como religioso de la Orden de la Madre de Dios (O.M.D) a cargo de una parroquia en Rancagua.

En eso estaba cuando el nuncio apostólico, Ivo Scapolo, le comunicó en marzo de ese año la decisión del Papa Francisco de nombrarlo obispo de Calama. La noticia lo sorprendió, porque nunca pensó que su nombre sería considerado en el Vaticano para ocupar un cargo eclesiástico de esa envergadura.

Reconoce que la impresión de la designación fue mayor al tener en cuenta su origen humilde.  Y es que el padre Óscar nació en el sector rural de Quechocahuin, cercano a Puerto Domínguez, donde vivió la infancia y parte de su juventud hasta que decidió emprender rumbo a Santiago y a fines de los ochenta inició el proceso de formación para convertirse en sacerdote.

La nominación de monseñor Óscar Blanco marcó un punto de inflexión en el proceso de selección de cargos en la Iglesia puesto que, como él mismo admite, para esos casos pesaban más “los títulos y el apellido”.

Hoy a casi dos años de cumplir un nuevo aniversario de su ordenación episcopal y en el marco de una reciente visita a la Costa, el obispo comparte con El Informador esos momentos que lo inundaron de emoción y su visión respecto a la realidad de la Iglesia.

– ¿Cómo recibió la noticia de su nombramiento?

La verdad es que uno como sacerdote nunca aspira a esto, no postula ni lo pide.  Mi objetivo siempre fue ser un buen sacerdote y creo que lo estaba haciendo bien en mi parroquia cuando me llama el nuncio y me da la noticia de que el Papa Francisco me había nombrado obispo de San Juan Bautista de Calama

La sorpresa fue tremenda, uno en esa situación no haya qué responder porque es algo inesperado.

Tuve que rezar mucho para dar la respuesta que pedían y esa respuesta fue única y exclusivamente por amor a Dios y a la Iglesia.  Yo estoy convencido de que Dios me ha amado siempre, quiero mucho y amo a mi Iglesia a la cual me consagré para servir.  Eso me motivó a aceptar el nombramiento del Papa.

Mi anhelo siempre fue salir a misionar y les pedía a mis superiores que me enviaran a otros países, pero Dios me mandó a Calama y eso realmente es una misión.

Calama es una parte de nuestro país que está muy aislada, de repente muy olvidada donde los contrastes de la riqueza y la pobreza son muy fuertes.  Son muchos los que no tienen nada y muy pocos los que tienen mucho.

He ido aprendiendo poco a poco a ser obispo, porque para este cargo también hay que aprender. Me he dejado aconsejar por muchos hermanos sacerdotes y obispos que me conocen.  Me gusta escuchar, salgo mucho a terreno, no me gusta la oficina, estoy cerca de la gente, la escucho, comparto con ellos, con los más pobres, con los no tan pobres, con la gente de los pueblos interiores, participo en sus fiestas, me encanta y me gusta estar con la gente, compartir y ellos me enseñan a ser pastor como lo necesita la Iglesia hoy.

– ¿Cuál es la evaluación de su trabajo pastoral?

La evaluación no me corresponde a mí, le corresponde a la gente.  Pero puedo decir que estoy muy contento, porque he encontrado una Iglesia viva, una Iglesia necesitada de Dios y de pastores que los acompañen y los escuchen.  Estamos tratando de ser una Iglesia en salida, que escucha, que anuncia y sirve.

-Usted rompió con un perfil predominante en la Iglesia al momento de nombrar cargos eclesiásticos

Así fue, porque a mi modo de ver la tendencia a nombrar obispos tenía un perfil donde el título era importante, el apellido también y cuando me nombraron yo era un simple párroco, feliz de serlo, pero desconocido para todo el mundo.  Creo que hasta el día de hoy salgo y mucha gente no me conoce (ríe), pero el Señor hace sus cosas y esta es la obra de Dios que miro con mucha esperanza como un signo propio de nuestro tiempo de cómo Dios se fija en los humildes, los sencillos, porque para Dios no es más importante el título sino el amor y la disposición que uno tenga para servir a su pueblo, esa es nuestra tarea.  Nosotros fuimos consagrados para cuidar al pueblo de Dios y eso tenemos que hacerlo con mucho cariño y amor, imitando los gestos, las palabras y la actitud de Jesús porque él es el buen pastor.  Hoy soy lo que soy por pura gracia de Dios.

Realidad eclesial chilena

Monseñor Óscar Blanco es de la “nueva escuela” de obispos nombrados por el Papa Francisco, una generación que para muchos es síntoma de esperanza en la Iglesia chilena.  Los escándalos por abusos sexuales cometidos por consagrados y las acusaciones de encubrimientos minaron la credibilidad de una institución que en antaño fue muy influyente.  Hoy existe cierta incertidumbre respecto al futuro de la estructura jerárquica nacional tras el golpe de timón del Sumo Pontífice, quien convocó a los 34 obispos en ejercicio a la Santa Sede para buscar una salida a la crisis.

-Le ha tocado desempeñar su tarea episcopal en un contexto de crisis de la Iglesia

Sí, somos testigos de la peor crisis que ha vivido la Iglesia chilena.  No se conoce en la historia que algún Papa en su tiempo haya invitado a todos los obispos a Roma para buscar juntos una solución que nosotros como Iglesia chilena no hemos sabido buscar y dar respuesta a los problemas que tanto nos afectan.  Creo que nos ha faltado coraje y la humildad para reconocer el error, para pedir perdón también.  Los que tengan que tomar decisiones por amor a la Iglesia que la tomen, porque creo que esto es un servicio, no un poder.  Por lo tanto, si yo veo que no estoy siendo un aporte, un elemento de unión para Iglesia ¿por qué seguir?  Creo que por el bien de la Iglesia uno, en ese caso, debería dar un paso al costado porque puede que haya muchos otros pastores, sacerdotes que pueden hacerlo mejor.  El que está al servicio hace eso, el que se aferra al poder no.

Hoy nos ha faltado mucha humildad y reconocer nuestros propios errores para enmendarlos de una manera como Dios quiere.

Eso nos ha pasado la cuenta, hemos perdido mucho terreno por no ser valientes, por no ser profetas en nuestro tiempo.  Gracias a Dios el Papa se ha hecho cargo, se hizo parte de este problema y tomó la iniciativa.  Eso es una luz de esperanza para nuestra Iglesia, estoy seguro de que él ya tiene las soluciones y nos la va a comunicar cuando estemos allá; será el punto de partida para una futura renovación.

– ¿A su juicio quiénes son los responsables de esos conflictos?

No sé si es el tiempo para buscar culpables y juzgar a los otros, yo creo que es el tiempo de buscar las soluciones y remedios contra los males que están afectando a la Iglesia.  El Papa nos ha hablado de una Iglesia herida y para curar esas heridas tenemos que buscar los remedios.  Más allá de las culpabilidades creo que todos tenemos responsabilidades y debemos asumirlas como Iglesia.  Cada uno en su consciencia verá si ha aportado bien o mal, pero yo estoy por buscar las soluciones más que a los culpables y con eso se va a levantar nuestra Iglesia, porque si no vamos a caer en acusaciones mutuas y al final nos entrampamos en eso y no buscaremos las soluciones que son lo más importante en la actualidad.  Ante las crisis tenemos que buscar aquello que nos hace crecer y madurar como cristianos.

– ¿Qué Iglesia resurgirá tras esta crisis?

Nuestras orientaciones pastorales nos hablan de una Iglesia en salida que escucha, que anuncia y que sirve y a mí me parece que ese es el camino.  El camino es a salir, no encerrarnos en nosotros mismos y en nuestros templos, porque la gente está afuera.  Hoy es el turno de nosotros los pastores, los sacerdotes, los consagrados de ir al encuentro de la gente.

Creo que es el tiempo de recuperar la Iglesia de Jesucristo que es la Iglesia de los pobres, de los sencillos, de los enfermos, de la Iglesia de la calle.  Creo que es el tiempo de callejear nuestra fe y ministerio y ser testigos, porque necesitamos más testimonios que discursos, estar donde la gente nos necesite como buenos y cercanos pastores.

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