Mario Rozas Chavez

La educación es y será siempre un motivo de profunda reflexión.  Un país educado es aquel que posee un alma más pura.

Esta reflexión tan significativa tuvo lugar en el hogar del profesor de Estado Mario Rozas Chávez, en calle Urrutia de Nueva Imperial que alguna vez fue departamento.

El eximio profesor nació un 19 de enero  del año 1930 y está casado con Irma Mardones Carrasco, con quien contrajo el vínculo marital un día 16 de febrero de 1958.

Posteriormente nacieron sus cuatro hijos: Mario Andrés, ingeniero en electricidad; Irma Leonor, profesora de música; María Constanza, matrona y Sonia Emelina, enfermera profesional.

Los estudios académicos los realizó en la Universidad Técnica del Estado de Santiago donde se tituló como profesor de Estado para la enseñanza profesional.

El ejercicio de su carrera docente la efectuó por muchos años en la prestigiosa Escuela Industrial de esta ciudad.

Es aquí donde encontramos los distintos matices, según su propio relato compartido con este medio. Son muchas las experiencias vividas en el contexto de un profesor: como se trataba de un colegio técnico, la formación estaba enfocada en “Aprender Haciendo “, concepto que hasta el día de hoy considera válido.

Comenta que en su época no existían las redes sociales; había naturalmente mayor cercanía, más comunicación y lazos afectivos entre alumno y profesor, cosa que ahora por distintas razones se ha perdido y es difícil reanudar por la vertiginosa evolución del mundo moderno.

La educación, agrega,  “debe propender a generar un cambio positivo en la conducta humana”.

Por otra parte, lamenta la desigualdad en el sistema de pensiones, pero no es su caso dice, porque él pertenece a la Caja de Empleados Públicos.

Su pasión siempre ha sido el deporte, especialmente: el fútbol, el tenis de mesa, la música; pasión que comparte junto con su familia. Por eso también integra el coro de la Parroquia San Miguel Arcángel donde lo hemos visto en más de alguna oportunidad entonando melodías religiosas.

El humor lo lleva en la sangre, tanto es así que apenas ingresamos a su casa para hacer la foto correspondiente me señala: “Hay que colocarse al lado de la estufa para que la foto salga calentita” (reímos bastante con dicha frase).

Anécdotas

Una anécdota muy interesante fue la ocurrida para el terremoto del 21 de mayo de 1960 cuando en sus años mozos jugaba a la pelota por el Juvenil Bautista. En dicha ocasión correspondía enfrentarse con Bernardo O’Higgins en el estadio viejo del sector El Alto.  El arquero de su equipo, al que apodaban “El Chimbi Chamba”, demoró tanto rato en arreglarse y amarrarse los cordones de sus zapatos de fútbol, con presión del árbitro incluida, cuando en ese momento comienza a moverse todo el estadio y los jugadores caen al suelo, con el público incluido que allí observaba el evento.

Es ahí donde recuerda a su mujer que había quedado en casa con una guagua y embarazada de otro que venía en camino.

Con el bolso en la mano y corriendo raudamente  se acerca a su hogar y ve salir a su esposa con la guagua entre sus brazos hacia la calle  y ve caer detrás de ella una muralla de cemento que por poco la aplasta, quedando en la vereda todo el escombro de dicho material.

De esta manera recuerda la hecatombe que sacudió al suelo nacional el siglo pasado.

Aun así seguía jugando fútbol, dice haberlo hecho con el mejor futbolista que conoció: “El Maestrito” Silva.

Adicionalmente practicaban jugando en las tardes por la empresa eléctrica que dirigía un señor de apellido Araya. Este hombre formó un equipo al que don Mario Rozas colocó “Deportivo Electrón”. Así permanecieron por algunos años jugando en forma paralela a los equipos que formaban las ligas federadas.

De esta forma hemos descrito parte de un extenso currículum de antecedentes, anécdotas e historietas de unos de los docentes retirado hace algunos años de la profesión más noble y madre de todas las profesiones.

Por: Luis Mulato Arias

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