El día mundial del quiosco fue celebrado el 5 de mayo de este año y no muchos lo saben. Pero si sabemos lo que es un quiosco, esta ligera construcción formada por varias columnas o pilares y sostenida por una cubierta. Puede tener abiertos los lados y entonces parece que fuera un pequeño pabellón o un templo, algo así como una caseta. Sin embargo, un quiosco es mucho más que un lugar de almacenamiento, o un punto de venta en la vía pública que ayuda a la economía y al turismo de la ciudad: es también una caja de recuerdos y de vivencias y cómicas anécdotas de un trabajador, por ejemplo.

El quiosquero

Max Oner Roa Jara trabaja hace más de 21 años en el mítico quiosco de Nueva Imperial en plena esquina de Vicuña Mackenna con Arturo Prat. Atiende de lunes a domingos, 24 por 7, y es que “prácticamente yo vivo en este quiosco. Solo me falta traer mi cama”, comenta en su tono templado “el Roa”, así se le conoce en Imperial.

La ubicación de este quiosco no ha sido fija. Pues ha estado en tres lugares distintos: primero frente al mall chino y después fue desalojado para ser ubicado al lado donde está actualmente.

El trabajo de quiosquero requiere estar muy atento; hacer cálculos rápidos, tener ojos en la espalda y ningún detalle se puede escapar: “uno no sabe cuándo te pueden robar. Hay que estar alerta y nos han intentado robar muchas veces, recién el 6 de abril nos robaron, ¡nos reventaron los candados! Y ayer en la madrugada también intentaron abrir la reja…imagínese…ya estoy acostumbrado eso sí”, confiesa el Roa.

Historias y recuerdos

Se viven historias y es que 21 años no pasan en vano: “Tengo buenas historias aquí da para un libro, confesiones de un quiosquero, no sé, incluso he tenido que dormir aquí, pero solo cuando me portaba mal”, exclamó entre risas.

Un día para el 18 de septiembre Max durmió en su quiosco. Para el 17 todo el dinero estaba perfecto, todos los cálculos en orden. Sin embargo, para el 18 se hizo una ramada cerca de la plaza de Nueva Imperial llamada “el cañón”: “me fui de aquí medio entonado y estando allá me di cuenta que me faltaba plata, entonces volví al quiosco”, comentó Roa.

“Y me gasté toda la plata que había del día 18, toda la plata, me tomé todo y dejé las puras monedas. Me dormí en el quiosco, me despertaron, me dijeron ¡despierta! ya llegaron los diarios y yo pregunté…y la plata…me dijeron que me la había tomado toda y no me acordaba”, comentó Roa, entre risas.

Su jefa le dijo “y falta la plata del 18”, a lo que respondió “me la tomé”. No le hablaron durante un mes: “Se quedaron mudos, pero lo tomado y lo bailado no me lo quita nadie”. Finalmente, Max devolvió el dinero y hoy día la anécdota la recuerdan con humor y sin gravedad. Y es que para Max Roa la vida hay que tomarla con amor y con humor: amor para comprenderla y humor para soportarla.

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