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martes, diciembre 6, 2022
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Telemanía

  Por:   Emilio Orive Plana

     Hay dueñas de casa que encienden la radio en la mañana temprano, mientras se afanan con los quehaceres de la casa y eso está muy bien porque es una manera de espantar la soledad, pero prender el televisor a las siete y media cuando comienza la programación, no con la intención de sentarse a mirarla sino para sentir el ruido que hace, no parece tener mucho sentido, pero hay personas que así lo prefieren y se debe respetar su opción.

      Había prometido no hablar sobre televisión porque tengo muy mal concepto de ella, pero, tampoco está bien juzgar cuando se posee “tejado de vidrio” ya que, últimamente me he vuelto adicto a las telenovelas chilenas y sus cahuines a pesar de argumentos calcados de los primeros culebrones, allá por los años setenta.

      Me ha tocado ver a muchísimos actores y actrices que en ese tiempo eran jovencitos entre los 18 y 22 años, recién comenzando sus carreras, por lo que les faltaba training, como dicen los gringos, que superaban con algo de talento. Ahora, cuarenta o más años después esos mismos actores que son protagonistas de las nuevas teleseries de moda se lucen con la experiencia adquirida y hay que decirlo, acompañando a nuevas generaciones de actores jóvenes de excelente performance.

      Esto podría ser lo rescatable de la televisión más la Teletón que, aunque no sea muy de mi agrado aporta con dos días de solidaridad para mi gusto inducida por la emocionalidad efusiva del ciudadano “de a pie” y digámoslo, por la oportunidad y el afán de lucro del empresariado, que no le quita mérito a ésta campaña que se la juega por la dignidad de los discapacitados.

     Lo que es criticable de estos medios de comunicación (Siete de alcance nacional y más de 800 frecuencias concesionadas de TV abierta en Latinoamérica), pero más que nada los canales chilenos, considerando que cualquiera de ellos que sintonicemos, la programación va a ser la misma. Los mismos comerciales antiarrugas, anticaspa, antidolor, antigrasa, antised, antiolor y otros mil productos, con un mismo objetivo o propósito común, el de capturar a los televidentes prometiéndoles la magia de una felicidad eterna, en 48 horas.

     Y que decir de los matinales que nos muestran, hasta la saciedad, parecidos reportajes de crímenes, asaltos, portonazos como si no tuviéramos suficiente con nuestros propios miedos. ¿Cuánto tiempo hace que no vemos algo positivo en la tele? Mucho tiempo y seguramente ha de pasar otro tanto para que podamos hacerlo ya que las buenas noticias y/o lo positivo no vende o no suma audiencia, lo que si hacen las mediciones diarias del “people meter” para controlar las preferencias de algún sector específico y mantener cautivos a los tele maníacos.

      Pensaba no seguir criticando, pero la tentación es grande cuando veo a los animadores de matinales felicitándose entre ellos y presumiendo de cultos, creyendo a pies juntillas que la chabacanería y los comentarios de mal gusto, sumado al ruido de las risas y chillidos descontrolados, son sinónimos de entretención.

      ¿Ha experimentado alguna vez, amigo o amiga lectores, la sensación de enorme silencio en alguna catedral o de un pequeño templo vacío de feligreses o escoge la catarsis desatada de un estadio repleto de fanáticos vociferantes? Esto grafica, mas o menos lo que quiero o no quiero ver y escuchar antes de las cuatro de la tarde en que elijo darme el gusto de una buena siesta o la contemplación a lo lejos del transcurrir eterno de la corriente del río, desde mi terraza.

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