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domingo, enero 29, 2023
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Qué hacer frente al voto: tres tipos de razones

Diego Castro
Abogado y Doctor en Filosofía (Universidad de Groningen, Países Bajos). Académico Departamento de Humanidades UNAB

Se engaña, consciente o inconscientemente, quien crea que el próximo 4 de septiembre tendrá una decisión fácil al encontrarse frente a la papeleta de Apruebo o Rechazo a la propuesta de nueva Constitución para Chile. En estricto rigor, se trata de una decisión de gran complejidad, con muchas aristas; y que intenta conducir hacia una opción binaria un proceso que ha tomado décadas para fraguarse, incluyendo el acelerante del 18 de octubre. Condensar toda esta complejidad hacia una decisión única debiera conducirnos hacia un cierto grado de humildad, precisamente por su relevancia y la extensión de sus efectos en el tiempo.

Sin embargo, el ambiente indica hoy justo lo contrario: polarización, desinformación, noticias falsas, acusaciones cruzadas, además del riesgo de seguir abriendo una grieta social y cultural que será difícil de volver a cerrar. En esta columna busco poner la pelota al piso: ¿sobre qué exactamente versa el desacuerdo que se resolverá en el plebiscito del 4 de septiembre? ¿Qué es lo que nos divide en Chile en el terreno político, y cómo entenderlo?

Para actuar racionalmente frente al voto se requiere estar respaldado por buenos argumentos, y entonces surge una pregunta difícil: ¿qué significa que un argumento sea bueno? En la historia de la Filosofía, esa respuesta ha sido tradicionalmente respondida desde tres disciplinas distintas: la dialéctica, la retórica y la lógica. Hay bastantes diferencias entre ellas, pero sólo quiero enfocarme en una: la dialéctica se ocupa del «procedimiento argumentativo»; la retórica, del «proceso argumentativo»; y la lógica, del «objeto argumentativo» [TINDALE 2004].

La distinción previa no es simple elucubración académica: ante la decisión del plebiscito el votante debe ser «persuadido», y dicha persuasión puede ocurrir por argumentos relacionados a: (i)el procedimiento, (ii)el proceso o (iii)el objeto, como veremos.

(i)
Cuando hablamos del «procedimiento» nos referimos a todas las reglas que posibilitaron el proceso: el acuerdo del 15 de noviembre de 2019, la conformación de los integrantes de la Convención Constituyente (CC), la existencia de un plebiscito de entrada y otro de salida, etc. Este es un argumento que nace no desde el contenido del texto, sino desde el valor político y democrático de las reglas que lo posibilitaron.

Quienes aprueban el procedimiento arguyen que éste ha sido uno de los más democráticos del mundo, y que las reglas de paridad, escaños reservados y participación de independientes aseguraron que la conformación de la CC se haya parecido, como nunca en nuestra tradición democrática, a la diversidad de la sociedad chilena. Para algunos, incluso, el argumento procedimental basta y sobra para aprobar.

Quienes rechazan el procedimiento establecen, en cambio, que los escaños reservados sobrerepresentaron a los pueblos indígenas, que la regla de paridad «metió la mano en la urna», y que las reglas que favorecieron la participación de independientes, unidas al fiasco de la Lista del Pueblo, terminaron demostrando lo que todos ya sabíamos: que no hay democracia representativa sin partidos políticos. 

(ii)
Cuando hablamos del «proceso» nos referimos a lo que ocurrió en estos largos meses: el fraude del no cáncer de Rojas Vade, la accidentada ceremonia de inauguración, la impertinencia de algunas alocuciones de la constituyente Marinovic y el voto desde la ducha de su par Núñez, los disfraces y las canciones, los comidillos varios, las noticias falsas, exageraciones y desinformación promovida a veces por los propios miembros de la CC, etc. El argumento procesal es retórico y descansa mucho sobre la credibilidad del órgano constituyente, y es, además, quizás el más influyente de los tres: la encuesta CADEM de mayo indicaba que el 55% de quienes rechazaban lo hacían «por desconfianza en los constituyentes», porcentaje mayor al de desacuerdo con las normas propuestas (40%).

Desde la gente que está por el Apruebo se tiende a minimizar este argumento. Señalan que lo que realmente importa es el texto, o que, al fin, los baches descritos solo reflejan quiénes somos. Pero esto es un error. La persuasión siempre requiere que quien persuade sea creíble; no existen argumentos que se sostengan «por sí mismos» y sin considerar al hablante. Por tanto, más valdría asumir lo bueno del proceso que negar —sin éxito— lo malo.

Desde el Rechazo, por otro lado, se tienden a exagerar los errores del proceso, como si aquellas ideas de minoría que no llegaron al texto final hubiesen de algún modo «manchado» todo en este. 

(iii)
El «objeto» del argumento es el texto de la propuesta. No el que se pensó ni el que se intentó, sino la versión final y armonizada, disponible desde el 4 de julio para quien quiera leerla. Pero pensar que es lo único que importa también constituye un error («falacia logocentrica», le llama Gilbert). El objeto es tan importante como el proceso y el procedimiento, pues sin estos dos últimos no podemos entender quién y por qué produjo el objeto. En otras palabras, es el marco político de la Constitución, que es tan importante como sus efectos jurídicos.

Se ha insistido mucho en que la gente debe leer el texto para tomar su decisión. Pero ante un texto extenso y difícil, incluso para especialistas, en un país con alto analfabetismo funcional eso no es más que wishful thinking

Para el Apruebo, el texto avanza fundamentalmente en el reconocimiento de derechos sociales, regionalización, derechos de los pueblos indígenas, ecología y equidad de género, entre otras materias. Para el Rechazo, hay escepticismo sobre el sistema político propuesto (y la posibilidad de que este sea «secuestrado» por un sector político), la reforma al Poder Judicial, las acciones tutelares, el Estado Regional, el estatus de los pueblos indígenas y otros asuntos. De cualquier manera, el «objeto» de esta propuesta es lo más difícil de evaluar. La política versa sobre el futuro, y el futuro es esencialmente incierto; podemos copiar lo que ha funcionado aquí o allá, pero nunca podemos asegurar que las cosas funcionarán de igual manera.

En definitiva, las tres dimensiones políticas expuestas como clave para tomar una decisión racional en el plebiscito de salida se entrecruzan de maneras a veces caóticas. Hay quienes tienen su voto decidido considerando solo una de las tres, y son inmunes a argumentos de las otras. Hay quienes despejan dudas sobre una tomando argumentos de las otras. Y hay quienes se burlan de la inocencia o mala fe de quienes votan diferente sin comprender que lo hacen desde argumentos que pertenecen a otra de las dimensiones.

Se suman a esta confusión las sucesivas olas de desinformación, acusaciones de sesgo en la divulgación, interpretaciones plausibles y torcidas, debates públicos en los que se tergiversa y exagera, y, al fin, desprecio general por el bando contrario. Todo ello está haciendo de este proceso algo desgastante y cansador, que pareciera traer en sí mismo el germen de su ruina.

Pero la democracia ha sido definida como aquel sistema en el que se reconoce la posibilidad de un desacuerdo racional sobre asuntos de la vida en común [AIKIN y TALLISSE 2021]. Cuando se asume que el desacuerdo nace sólo desde la ignorancia o la mala fe se ha abierto una puerta peligrosa: la de la intolerancia y la polarización. Al presumirse mala fe en el otro se asume que la civilidad se ha roto, y que ya no estamos obligados a actuar de buena fe. Pero esa presunción inicial suele equivocarse. Lo cierto es que ante una decisión como la del plebiscito ninguno de nosotros sabe bien qué hacer; todos estamos tanteando. Y por eso es quizás una buena idea que empecemos a mirarnos las caras y conversar como personas civilizadas. El día más importante del país no será quizás el 4 de septiembre, sino el 5, cuando debamos pensar cómo seguir avanzando. El futuro del país está en juego.  

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