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lunes, noviembre 28, 2022
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La Leyenda del “Agua del Perro”

   Por   Emilio Orive Plana

    A veces, las historias van y vienen convertidas en mitos fabulosos, pero ésta que escuché en Tirúa hace como cincuenta años es la pura y santa verdad y está basada en hechos reales.

        Había llegado hace años, surcando el ancho océano junto a más de dos mil compatriotas, huyendo del hambre y  la persecución de los vencedores de la guerra civil española.

    Don Josep Goitia no tuvo más remedio que mal vender su pequeño pero hermoso solar, donde araba la tierra para vivir. No bien supo de un embarque grande de refugiados republicanos que se echarían a la mar, hacia Chile, no lo pensó más y fue a inscribirse para el viaje, con el nuevo Cónsul asignado en la madre patria, don Pablo Neruda el que realizaba las gestiones en la Embajada chilena para la travesía de ultramar.

    Lo más difícil fue convencer a María, su esposa, que amaba la tierra en la que había nacido a pesar de no tener hijos, por su esterilidad así que, como no tenía más ataduras por las que luchar, se decidió acompañar a su esposo en la aventura hacia un destino incierto.

      Un día de Agosto de 1939 se embarcaron en un buque carguero con pocas comodidades llamado Winnipeg con la ilusión de llegar, aproximadamente en un mes como les prometieron, al puerto de Valparaíso desde donde fueron desparramándose por todo Chile.

     A don Josep le tincó Concepción, tal vez por la Inmaculada que también se veneraba en su tierra. Estuvo menos de un año administrando una pequeña ferretería pero se dio cuenta que no era lo suyo. Él amaba la libertad.

     La oportunidad se dio cuando un coterráneo, establecido un poco más al sur, ofreció permutarle la ferretería por un terreno de media hectárea a 25 kilómetros de Tirúa, en un bajo cruzado por un esterito pedregoso. La propiedad incluía un “burro”, hecho con  cantoneras de un aserradero cercano. También y para sorpresa de Josep y María, heredaron un quiltro blanco y peludo, con una mancha café que le tapaba la mitad de la cara y que salió a recibirlos moviendo la cola. Desde ese momento “Manchado” fue  compañero inseparable de Josep en sus excursiones por la montaña donde se sentía feliz con lo poco que podía darle su nuevo amo. Fueron tres años en paz, comiendo de lo que cosechaba María en su huerto cerca del estero. Últimamente lo había visto salir, temprano, aparte de la pala y picota con un saco papero el que volvía hasta la mitad, de piedras negruzcas las que iba amontonando a un costado de la casucha, para después machacarlas con un combo hasta hacerlas arena. María se encargaba de fabricar bolsitas de saco las que llenaba y amarraba con una tira de pita para meterlas en un cajón bajo la pallasa.

     De repente una tarde, Josep ya no volvió al hogar con el saco al hombro como de costumbre. Tal vez  se desriscó en alguna quebrada de las que solía minear o bien lo mataron para robarle, como cuenta la leyenda. Creo que sucedió esto último ya que una noche, el ruco ardió por los cuatro costados llevándose también a María y sus sueños de tener algo por que luchar.

       Por muchos años pudo verse el túmulo de piedras marcando la tumba de el “Manchado” el que jamás de movió de la pasarela que allí había, gimiéndole al estero, día y noche, hasta morir de hambre.

   La última vez que pasé por el “agua del perro”, volviendo de Tirúa casi de noche, se me erizó la piel al escuchar, atenuados por el agua del chorrillo, unos ladridos perdiéndose al fondo de barranco.

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