Por Omer Silva Villena  exacadémico UFRO/UACH

Ciertamente el titular de esta columna le puede parecer extraño. Etimológicamente, “falacia” viene del latín “fallere” = engañar, opinión equivocada. Y “ego” – ya lo explicamos en una columna anterior- significa “yo”, o “sí mismo” de aquí deriva “egoísmo”. Hablamos de la falacia del ego para referirse al hábito  de engañar o mentir  sin limitación alguna. Todo ello se procesa vía “series del ego” como lo sostiene Steiner y el Dalai Lama, dicen que el ego se mimetiza en unos 45 subniveles o rincones de la mente. El “ego” siempre es perverso  a veces se adorna con bellas virtudes  y hasta puede “vestirse con la túnica de la santidad” (J. Adoum). Debemos conocer las series de las que se vale para engañar o mentir: pensamientos, sentimientos, deseos, odios, hábitos, etc. Así el ego  forma parte de la personalidad que controla nuestras conductas en el contacto permanente con la realidad.

Astutamente el ego siempre nos hace ocultar lo que no nos conviene, esconder nuestras perversidades y sonreír con “cara de santos”: esta es la falacia del ego o la costumbre de engañar. Una parte del “mi mismo” puede ocultarse en otra parte del “mi mismo” como cuando “el gato esconde sus uñas”. La naturaleza humana implica camuflar el “fariseo” (aquel que se presenta como virtuoso, pero no lo es) que llevamos dentro. Por fuera nos encontramos perfectos, pero por dentro, muchas veces, bastante podridos. Ideas que rescato hoy cuando en 1988 hice una beca Fulbright de investigación psicolingüística, en la North Dakota State University, Fargo, EE.UU.  En tiempos de pandemia ahora recuerdo aquellos Brown Bags Seminars sobre distintos temas que no se tratan en las cátedras oficiales pero que llamaban la atención e interés a muchos estudiantes,  académicos, y no académicos. Muchos fueron los temas que desde entonces mantengo en una carpeta que mi ego no se atrevía a desempolvar. Uno de tantos es el problema del “ego” en la vida. Un conferencista decía que lo que hoy conocemos como “psicología” debería llamarse “egología” ¡interesante!.

Así nos engaña nuestro ego. Jesús o Jeshua Ben Pandirá nos los identificó así “… hay de vosotros escribas y fariseos hipócritas porque limpiáis lo de afuera del vaso y plato, pero por dentro llenos de robos y de injusticia”. El fariseo esconde las faltas  ante los ojos ajenos  y también lo hace de sí mismo. El llamado “yo superior”, que se supone es la parte dividinal de nuestra esencia, dice o jura   no volveré a hacer aquello, cuando el “yo inferior” se ríe  a carcajadas como Aristófanes y corre a esconderse  en las cavernas secretas de la mente: ¡así es como funciona el ego! No deja aflorar lo sublime de nuestras conciencias como la bondad, la compasión, y la solidaridad, entre otras.

Muchas veces llegamos a pensar erradamente que una ciencia de la mente nos puede salvar de las  formas engañosas que adquirimos en nuestra formación educacional y cultural. Como si ciertas  ciencias del comportamiento y conducta humana  pudieran ayudarnos con distintas formas de terapias para modificar una conducta.  Todo esfuerzo intelectual por disolver el ego resulta inútil. Pues miremos el campo de la delincuencia donde, en realidad, el camino al infierno está lleno de buenas intenciones. El ego no puede destruir al ego y así continúa perpetuándose a lo largo de miles de generaciones en nuestra descendencia.

Solo comprendiendo a fondo las inútiles batallas de nuestros pensamientos egoicos traducidos en acciones, reacciones interna/externas, los móviles ocultos, los impulsos escondidos, podemos entonces  alcanzar la quietud y el silencio imponente en nuestras conciencias, lo sostiene así el Dalai Lama (en Ancient Wisdom), R. Steiner (La Ciencia Espiritual) y JJ. Adoum (en Cosmogénesis) Cuando eliminamos el ego adviene a nosotros lo atemporal, lo eterno, la verdad y nuestro “cristo Interno”. Sobre las aguas del océano de la “mente universal” podemos contemplar todas las “diabluras” de nuestro ego pluralizado muy bien esquematizado en nuestras “medusas interiores” o en las “tentaciones de San Antonio”.  Cuando el ego ya no puede esconderse, está entonces “condenado a muerte” para dejar que nuestra dotación divina o esencia, la “mónada divina”  como la llamó W. Leibniz (1646-1716).  Sobre el origen del “ego” podemos recurrir a la “antropología gnóstica” en aquella antigua edad o Arcadia se rendía culto a los “hijos del mañana”. Cuando la “lira de Orfeo” no había caído a pedazos sobre los cimientos del templo y la “naturaleza toda parecía un organismo  que servía de vehículo a los Dioses ¡era otra humanidad! Se hablaba en la “lengua de oro”, todavía no había(n) surgido las lenguas de la Torre de Babel.  Steiner dice, “era la Edad de Oro, la Edad de la Luz,  la Edad del Amor: No había guerras, odios ni perversidades”. El Sol de la Verdad resplandecía en todas las mentes, y, las Rosas del Espíritu se mostraban galantes, bellas en la vera del camino. Todo estaba perfumado de espiritualidad. No había aparecido el “materialismo ateo”, ni el crimen, ni el delito y otras monstruosidades que vemos hoy por todas partes. El temor a la muerte no existía. Los oídos de cada ser humano percibían las “místicas vibraciones del Universo”. El ser humano parlaba con los “Dioses inefables” y, “sabían escuchar las sinfonías que sostienen al Universo escribe J. Adoum en “El Génesis Reconstruído”.

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