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miércoles, febrero 1, 2023
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El Pasado, Pisado

Por Emilio Orive Plana   Crítico opinante

Alguna vez hablé sobre mi padre, que era español y se vino un día a Las Américas con apenas diecinueve años, entre 1929 o 1930, según me contaron, embarcándose en algún puerto del país vasco, navegando el mar Cantábrico luego el océano Atlántico, cruzando al Pacífico por el canal de Panamá, hasta Valparaíso y al puerto de Talcahuano. Finalmente, en ferrocarril al sur de Chile en La Araucanía y a Cunco desde Freire por el ramal recién inaugurado hacia el año 1924.

     Esto, escrito por supuesto en gruesos trazos ya que las peripecias de un viaje, por lo menos de dos meses a través de tres océanos las desconozco o casi, como aquella que, siendo mi progenitor adicto al tabaco hubo de dejar el vicio como consecuencia del mareo continuo que le produjo el andar por tanto tiempo embarcado, pero, el resto del viaje y su desarrollo aventurezco es un misterio para mí.

     Tampoco estoy seguro en que ocupaba su tiempo mi padre en San Vicente de la Sonsierra su pueblo natal y comarca de La Rioja, tierra de viñedos y buenos chorizos, ni si tuvo otros hermanos; nunca nos lo dijo porque no era muy comunicativo que digamos ni dado a contar sobre el devenir de su antigua familia en la madre patria que, aparte de unos primos dueños de pequeñas viñas con los que se carteaba esporádicamente y de un diario regional que le enviaban de vez en cuando”El Najerilla”, la historia de vida que dejó atrás mi viejo ya es muy tarde para averiguarla y si antes no lo era, creo que nunca me importó demasiado, preocupado por bregar con mi propia niñez y adolescencia. Ahora me arrepiento de no haberle hecho más preguntas de su vida. Lo más probable es que haya sido jornalero de algún próspero hacendado dueño de viñedos y olivares. Se que estudió muy poco, solo lo básico para salir de la ignorancia como leer, escribir y las cuatro operaciones matemáticas, pero salió adelante junto a mi madre mirando por el bienestar de sus ocho hijos solamente por el esfuerzo sumado a la responsabilidad en todos sus emprendimientos y el respeto por la palabra empeñada.

     Nunca comprendí por qué jamás quiso volver al terruño, aunque hubiera sido para empaparse de antiguos recuerdos o visitar la tumba de sus padres, pero ahora creo entenderlo mejor después de ver una serie de Netflix ambientada en la década 1920-1930 y a la vez en la crisis económica de Argentina del 2001 y 2002, que trata de un inmigrante oriundo de la comunidad autónoma de Asturias productora de carbón industrial. El drama comienza con la muerte de un joven obrero al interior de una mina debido a una explosión de gas grisú salvándose, por milagro un amigo del fallecido el que, culpando al Estado, dueño de la obra, por la muerte de su compañero, hizo explotar la bocamina inutilizándola por completo. Perseguido por la Guardia Civil no le quedó más remedio que abordar un barco que salía con destino a Argentina donde vivió por 60 años en familia con una esposa y tres hijos nacidos en América que lo amaban y respetaban.

     Con mucho sacrificio ahorró peso a peso para poder volver algún día a España, pero la recesión del país en comento diría otra cosa y el abuelo asturiano sacrificando su anhelo de tantos años, regaló el dinero a uno de sus hijos, cesante por la crisis, para que partiera al país de sus ancestros a buscar mejores oportunidades como el hizo en el pasado.

     Entonces, en un chispazo de entendimiento, comprendí. Lo que realmente importó a mi propio padre no había sido volver, sino que, un acto de generosidad con la familia que había construido en Chile incluso por encima de sus recuerdos más sentidos porque éste era su presente y su nueva patria. La historia que dejó en España hace tantos años era el pasado, pisado.

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